Posted by on 17/02/2016

El dramaturgo y poeta alemán Bertolt Brecht (1898-1956) prestaba, allá por los noventa, a Germán Copini y su grupo Tecno-Funk “Golpes Bajos” – cuanto ha llovido – la frase “malos tiempos para la lírica”. No cabe duda de que se acercan “malos tiempos para la economía”. Con independencia de lo que puedan decir los indicadores económicos o las estadísticas – que ya sabemos que se pueden interrogar con violencia hasta que confiesen lo que queremos que diga – en la calle se está aposentando, como la bruma mañanera, esa sensación de crisis.

A partir de ese momento, la economía deja de ser matemáticas para recordarme las definiciones de primero de carrera como “la ciencia que analiza el comportamiento humano buscando una asignación eficiente, entre los distintos usos alternativos, de unos recursos que son – por definición – escasos”, es decir llegado a un punto la ciencia deja de ser matemáticas – como he señalado anteriormente – para ser psicología.

El sentimiento generalizado apunta, y así lo corroboran las encuestar encargadas por las instituciones, que vamos a tener que apretarnos el cinturón y la prensa hace de correa transmisora para esos malos augurios.

La crisis, desaceleración, depresión, “aterrizaje suave” – como quiera llamarlo – son un proceso lógico de la evolución. Al igual que mi gato, que ha estado en celo, y aparecía y desaparecía para volver mordido, cada vez más delgado, con cara de haber sufrido y la carrocería llena de desconchones, la economía – de vez en cuando – también nos da esos disgustos, fluctuando entre las vacas gordas y las flacas. Esa fluctuación es – casi siempre – impredecible y no sigue ningún patrón: “cuando te caga la mosca date por j…fastidiado” ya que sus mal llamados ciclos – posiblemente para restar incertidumbre y hacerlos más llevaderos – distan mucho de ser regulares, pese a los estudios – siempre a posteriori – realizados por los economistas (fantásticos prediciendo “el pasado”).

Serán muchos los que me den como solución idónea para el gato la castración, pero ¿y para la economía?… ¿también?. No sé, pero es una lástima no poder preguntarle al animal que opina sobre sus “güevos”.

Como la Dirección General de Tráfico “tampoco puedo conducir por usted” y, en base a la experiencia acumulada, convendría ir establecer un plan para futuras contingencias que – llegado el momento – no nos hiciera “correr como pollo sin cabeza”.

La Ley Concursal (22/2003), que vino a sustituir a la antigua ley sobre quiebras y suspensiones de pago, es extremadamente rigurosa con todos aquellos que considera sospechosos de haber causado el déficit patrimonial y, en virtud de la cual, permite al juez del concurso – incluso de oficio – ordenar el embargo de bienes de los administradores “de derecho” (son los que aparecen en el Registro Mercantil) o “de hecho” (son los que realmente mangonean en la sociedad de forma notoria u oculta), incluso a quienes hubieran tenido esta condición dentro de los dos años anteriores a la fecha de declaración del concurso.

La dureza de la norma, junto con otras que también permiten la derivación de responsabilidad patrimonial, ha convertido la profesión de “administrador societario” en un deporte de riesgo. Siendo cierto que la ley – según lo señalado – permite actuar contra el administrador de hecho, el apoderado general que gestione la sociedad con plenos poderes, el socio único o mayoritario que tiene en el administrador un pelele, o – incluso – las empresas matrices o dominantes, siempre que pudiera demostrarse un sometimiento, lo cierto es que una vez declarado el concurso lo cómodo será ir primero contra el administrador puesto que su foto aparece en todos los registros oficiales (Mercantil, Hacienda y Seguridad Social).

En España las quiebras y las suspensiones de pago se han visto tradicionalmente como un fracaso personal y los concursos de acreedores – ya hemos dicho que las sustituye – también. La propia empresa no deja de verse como una prolongación de nuestra propia virilidad, puesto que es lo que nos ha hecho poderosos durante un tiempo, y reconocer dificultades se asimila a reconocer problemas de erección (ruego me disculpen las señoras por la parábola machista). Todo esto hace que las empresas no hagan pública su situación hasta el momento en el que la situación de crisis ya esté muy avanzada y sea irreversible, lo que hace que la mayoría – a las que todavía les queda patrimonio – terminen en liquidación.

La Ley Concursal permite la petición voluntaria del concurso y/o una propuesta anticipada de convenio con los acreedores para evitar un agravamiento de la situación de la empresa y favorecer una salida negociada a la situación de crisis, que no deja de ser una lucha contra el tiempo y a veces lo mejor es enemigo de lo bueno.Barra separacion

Entrada publicada inicialmente en www.economiaforense.org el 31/3/2008

 

 

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