Posted by on 05/02/2016

Se conoce como “Opinion Shoping” (compra de opinión) cuando una empresa decide cambiar su auditor por otro que – espera – vaya a estar de acuerdo con unas prácticas con las que el primero no lo estaba, con independencia de quién tenga razón.Estas prácticas son posible sospecharlas a través de una secuencia de actuaciones que las evidencian: Durante el transcurso del ejercicio se detecta una opinión negativa, ante los criterios contables que adopta la empresa, ésta puede sentirse tentada a no renovar el contrato con el auditor disidente y buscar uno más flexible o fácil de convencer en relación con los criterios seguidos por la empresa.

Dicha actuación no sólo perjudica al profesional que prefiere perder al cliente a actuar en contra de su criterio, sino que también perjudica a accionistas y a terceros eventuales usuarios de la información contable y financiera. La dificultad de esta forma de proceder no es difícil de intuir – si ante un cambio de auditor repentinamente mejora la opinión del informe – pero “casi” imposible de demostrar, puesto que está en juego la propia solvencia – informativa – de la empresa y el prestigio profesional del auditor (al margen de posibles reclamaciones judiciales).

Las empresas no suelen disfrutar el período en el que los auditores moran en sus entrañas y más bien intentan sufrirlos en silencio (como el conocido anuncio de TV), sobre todo porque tienen “patrullando” por la empresa unaa gente que está preguntando, analizando, revisando, interrumpiendo, etc. todo el tiempo y, salvo excepciones, al principio no se enteran muy bien de lo que va el negocio – especialmente en auditorías iniciales – de ahí que sean de enorme utilidad, para el auditor, las listas de comprobación o “check list” que facilitan la tarea del análisis previo y el desarrollo del trabajo.

No resulta cómodo tener que explicar todo tu negocio a personas que – en principio – no saben nada de él, más allá del sector al que pertenece, operativas comunes a otras empresa, etc. por este motivo, cuando se inicia la relación con un nuevo equipo de auditores existe lógicamente un período de adaptación. Todo esto hace que empresa y auditor se encuentren más a gusto conforme van sucediéndose los años de duración del contrato y – en teoría – los enfrentamientos tiendan a ser menores (como en un matrimonio: ¿Ya nos lo hemos dicho todo?). Todo esto debería hacernos suponer que el auditor se siente más cómodo en una empresa “conocida” y esa empresa no tiene incentivos a cambiar de auditor, por los costes – aunque sea de sufrimiento – que le supone trabajar con un nuevo equipo.

Con independencia de que, en el caso de cambios de auditor, el conocimiento de la empresa pueda ser transferido al auditor entrante…

… en la práctica no suelen ser suficientes estos contactos y existe la inevitable pérdida de información e imposibilidad de transmitir el 100% del conocimiento de la entidad auditada.

Es decir, si resulta costoso para la empresa el cambio de auditor ¿cuál puede ser la motivación para realizar un cambio más allá de una mejora sustancial del presupuesto? Señala Amparo Sánchez Segura en su artículo “Salvedades y cambios de auditor” para la REVISTA ESPAÑOLA DE FINANCIACIÓN Y CONTABILIDAD (REFC) que, en esto de la auditoría, aparentemente hay auditores “halcones” (más duros) y “palomas” (más benévolos):

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“La evidencia que hemos documentado ha puesto de manifiesto la existencia de diferencias significativas en la propensión de las firmas de auditoría a emitir salvedades. Así, mientras algunas de ellas parecen ser más propensas a imponer salvedades a sus clientes, otras pudieran ser más benignas en la apreciación de los niveles de materialidad.”

…”hemos verificado que la mayor dureza que aparentaban tener Deloitte Touche y “otros auditores”, dada su mayor inclinación a emitir informes con salvedades, se explica en realidad por las circunstancias de sus clientes, que son los más reducidos en tamaño y los que obtienen una peor rentabilidad. No obstante, tras controlar estos factores, Arthur Andersen permanece como la firma con una mayor probabilidad de imponer salvedades. De igual manera, hemos comprobado cómo la menor propensión de Price Waterhouse a imponer salvedades no se debe a que sea una firma “débil”, sino que esta menor propensión a incluir salvedades en sus informes está explicada por que sus clientes son grandes y audita a pocas empresas con resultados negativos. Sin embargo, nuestros resultados sugieren que Peat Manvick y Coopers & Lybrand son firmas que tienen una menor inclinación a emitir algunos tipos de salvedades. En Ernst & Young no se aprecia ni una mayor ni una menor propensión a emitir infortpes con salvedades.

Además, considerando las conclusiones anteriores, se ha estudiado la posibilidad de que exista alguna relación entre la emisión de salvedades y el cambio de auditor. Nuestros resultados ponen de manifiesto que, los mencionados cambios pueden estar determinados por el hecho de emitir o recibir al menos algún tipo de salvedades. Sin embargo, no hemos encontrado evidencia significativa de que el cambio esté explicado por la búsqueda de firmas más benignas en la emisión de sus informes, ya que no parece que el cambio de auditor conlleve un cambio de opinión.”

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… por lo que empíricamente no ha encontrado evidencias en que el cambio de auditor pudiera deberse a prácticas de “Opinion shoping”.

Pero… si suponemos que la gerencia se comporta de forma racional, podríamos suponer, un cambio “irracional” de auditor, tras uno o varios ejercicios con informes negativos que sorprendentemente mejoran después del cambio, se deben a una presunta “compra de opinión”, siempre con la salvedad de que la empresa pudiera “haber visto la luz” y mejorara unas prácticas inaceptables para el “auditor anterior”.

Pese a todo, ante cualquier “salvedad” importante a un informe, para un cliente que lo espera limpio, un auditor – inevitablemente – se encuentra ante el siguiente dilema: perder al cliente y los consiguientes ingresos que éste proporciona o enfrentarse a posibles reclamaciones civiles y/o penales por irregularidades, que pudiendo ser detectadas [no] lo han sido, y la consiguiente pérdida de reputación. Hasta hace poco los auditores en España eran contratados por un período inicial que no podía ser inferior a tres años ni superior a nueve, pudiendo ser contratados nuevamente al finalizar el citado contrato por períodos anuales. Esto hacía que una invisible “espada de Damocles” influyera – poco o mucho – sobre futuras renovaciones.

Aunque, el julio pasado, se modificó en el sentido de que:

“Los auditores serán contratados por un periodo inicial que no podrá ser inferior a tres años ni superior a nueve…, pudiendo ser contratados por periodos máximos de tres años una vez que haya finalizado el periodo inicial. Durante el periodo inicial, o antes de que finalice cada uno de los trabajos para los que fueron contratados una vez finalizado el periodo inicial, no podrá rescindirse el contrato sin que medie justa causa”

 … que si bien no mejoró sustancialmente la situación existente “menos da una piedra”.

También se han detectado prácticas consistentes en cambios de auditor, sobre todo a uno de menor tamaño, especialización o experiencia, con la esperanza – por parte de algunos gerentes – de que los problemas detectados por el auditor saliente no sean descubiertos por el entrante.

El debate está abierto:

¿Cambian las empresas de auditor en un intento de mejorar sus informes?

¿Son los auditores partícipes – léase “cómplices” – de estos pseudos-fraudes – léase “tejemaneje” – o sencillamente son más benévolos y, por tanto, víctimas?

¿Son benévolos o sencillamente son “malos” porque no detectan cuestiones que el auditor saliente si detectaba y consideraba inaceptables?

¿Quién tiene mayor parte de culpa/responsabilidad?

¿Hay algo más…?

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Artículo publicado inicialmente el 14/12/2007 en www.economiaforense.org

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